Hablar: esa es una de las más importantes facultades comunicativas que poseemos los seres humanos, y la cual me encanta explotar. No sabría decir a que edad dije mi primera palabra o algo parecido, pero lo que si sé es que desde que empecé no paré de hacerlo, al menos eso es lo que me han dicho. Y lo hacía tanto que era sumamente necesario que alguien me calle.Siempre he sido de una personalidad bastante extrovertida pero creo que, conforme al paso de los años, ha disminuido considerablemente. Todo empezó cuando fui saliendo de mi "burbuja", de aquella esfera en la que me sentía segura y me importaba poco lo que sucediera en el mundo real. Pero en algún momento tenía que salir de allí y así fue. Era época de colegio y comenzaron las famosas "exposiciones individuales". Recuerdo muy bien una de ellas, en la que mencionaba y explicaba, sobre un vertebrado de varias toneladas perteneciente al reino animal. Al principio no tenía verguenza alguna, al contrario, era sumamente confiada de lo que hacía y decía.
Lamentablemente eso no se mantuvo así, y llegué a conocer y experimentar lo que llaman, pánico oratorio. Desde el momento en el que me encontraba frente a mis compañeras de estudio, sin siquiera haber mencionado una palabra, sentía un calor que iba apoderándose de mí y el cual era sumamente visible por el color rojizo en todo mi rostro. La verdad, hacía un bonito juego con el chaleco de mi uniforme que por cierto, también era rojo. Y que sin duda alguna, causaba ciertas risas, unas cuantas nada disimuladas. Creo que aquellas carcajadas o burlas, no ayudaban en lo más mínimo, y es algo que se ha mantenido en mi mente cada vez que tengo que dar algún discurso e incluso al hablar en un grupo relativamente grande de personas en una reunión. No tengo ni idea de como lidiar con eso, y así poder hablar tranquilamente sin tener que estar preocupándome por el llamativo color tomate de mi cara. Sin embargo, cuando se trata de una o pocas personas con las cuales mantengo una amistad y confianza, esa verguenza, ese roche, no existen. A menos que sea una conversación algo más íntima o subida de tono, como dicen algunos, que es inevitable no cause ciertos calores.
He conversado con muchas personas a las cuales les sucede exactamente lo mismo, y que peor aun, se les olvida totalmente lo que tenían que decir. Y yo me pregunto: ¿es acaso un don nato el ser un buen orador? o ¿es algo que puede trabajarse?
Conozco muchas personas que jamás en su vida han llevado un curso de oratoria y eso no ha sido impedimento alguno para salir victoriosos de las peripecias estudiantiles. El cursillo este tampoco les ha sido necesario para exponer en clase del colegio, universidad o algún evento en el cual concurrieran mil personas. Y pues me encantaría saber cómo lo hacen, porque de acuerdo a lo que quiero expresar y tomado de la mano con la carrera que estoy siguiendo, me parece que eliminar ese miedo es algo que se tiene que hacer, y ahora.
Yo creo que estoy empezando a hacerlo con este blog. El tan solo hecho de empezar uno causó en mí cierto temor a lo que podrían pensar aquellos que se tomen el tiempo de leerlo sin embargo, siento que tal vez esta sería una forma de empezar a trabajar y dar por terminado a este gran y molesto bicho ROJO. Y, para dar inicio a mi despojo de roches, tal vez no sea necesario estar parada frente a un público, pero una alternativa sería escribiendo lo que pienso y siento. Me parece que no me vendría nada mal tomarme toda la libertad de hacerlo, tanto para mi bienestar mental como emocional. Entonces, creo que la verdadera pregunta que debería hacerme sería: ¿por qué yo no?
Otros han podido, pueden y podrán. Yo he podido, puedo y podré.